El 3 de marzo de cada año se celebra el día de la naturaleza. Existe un sutil equilibrio en la naturaleza que a veces nos cuesta percibir. Sentirla y entender su lenguaje es complicado cuando nuestro hábitat son las ciudades, cuando nuestro cuerpo y nuestra mente se han habituado a lo urbano, al sonido y las formas de las grandes ciudades. Pero aún así, la naturaleza siempre nos llama, buscamos esa conexión casi sin darnos cuenta,  asociamos a la naturaleza valores y sentimientos que nos hacen bien, como la libertad, lo natural y genuino, lo simple, la belleza, los colores, la paz.

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Sentir la naturaleza significa ser capaz de entender que en ese mundo reina el equilibrio. Cada árbol, cada helecho, cada coral bajo el mar y cada abeja polinizando una flor, tiene su lugar y su esencia intangible. Si eso cambia, si se altera su lugar y su continuidad en el rincón que siempre le fue dado, algo se quiebra. 

Lo primero por tanto es la educación. Tomar conciencia de que el medioambiente y cada uno de sus elementos son sagrados, nos ayudaría sin duda no solo a preservarlos, sino también a disfrutar mucho más de ellos.

Conectarnos con la naturaleza nos permite a su vez, encontrarnos a nosotros mismos. Apreciar esos escenarios nos descalza a menudo de preocupaciones, de ansiedades y presiones externas.

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